lunes, 6 de marzo de 2017

PENSAR Y ACTUAR EN FUTURO: HACIA UNA NUEVA REPRESENTACIÓN

Mar Serna Calvo. Magistrada JS núm. 23 de Barcelona


Desde finales del siglo XIX , en los inicios del sindicalismo en nuestro país, mucho se ha andado. Parecería que no ha transcurrido tanto tiempo desde que nuevamente se reconoció la libertad sindical en nuestro país, pero ya son más de treinta años desde la Ley de 1985. Grandes avances y a la vez grandes transformaciones hemos vivido, pero a la vez algunas debilidades se han mostrado.

Nuestra estructura económica, más allá de la crisis, ha cambiado. Hoy más del sesenta por ciento de la población ocupada pertenece al sector servicios, y la industria y la construcción han visto disminuido sensiblemente su peso. Asistimos a una tendencia cada vez mayor de la reducción del tamaño de las empresas y al fraccionamiento de la producción y, sin duda, la tecnología está cambiando los modelos de trabajo y las tareas que debemos realizar.

Además, gran número de mujeres se han incorporado al mercado de trabajo, sin que hayan alcanzado los mismos niveles cuantitativos y cualitativos que los hombres. Las desigualdades en nuestra sociedad y nuestro mercado de trabajo están aquí y resulta imprescindible evitar que se queden.

No es casual el debilitamiento del diálogo social y de la negociación colectiva, sino que obedecen a un discurso ideológico dominante que prioriza la individualización de las relaciones laborales, el consiguiente debilitamiento de las organizaciones sindicales, y la reducción de salarios y de condiciones de trabajo. La Europa Social debe recuperar su papel central y la Unión Europea limitarse a las competencias que le otorga el Tratado de la Unión.

Vivimos tiempos de cambios. Nos estamos replanteado como sociedad aquello que dábamos cómo verdades permanentes. En los próximos tiempos asistiremos a nuevos cambios y no deberíamos perder la oportunidad de marcar las líneas básicas sobre las cuales se deben diseñar las relaciones laborales y el sindicalismo del siglo XXI. Al menos el de la próxima década.

Las organizaciones sindicales y de empleadores deberían renovarse y adaptarse a las nuevas características de nuestro sistema productivo, aportando hacia la sociedad una nueva imagen.

Son necesarias, a nivel interno, renovación, diversidad y transparencia en su funcionamiento y un nuevo concepto de la representación, que lleven a una mayor afiliación sindical y empresarial. En un nuevo mundo, lo antiguo servirá poco.

Los sindicatos deben ocupar ese espacio, cada vez mayor, que deja fuera a un gran número de personas trabajadoras (outsiders) liderando de forma efectiva el reconocimiento de sus derechos y la eliminación de las desigualdades en el mercado de trabajo como preocupación colectiva. Debería borrarse esa imagen interesada que se les ha querido dar de que únicamente defienden a las personas con un trabajo estable.

Esta renovación no será suficiente si no va acompañada de los imprescindibles cambios legales. El reconocimiento de los derechos de participación de las organizaciones sindicales y empresariales, y el consiguiente apoyo institucional han de ser uno de los fundamentos de esas modificaciones. El fomento de una negociación colectiva más centralizada, que incluya al mayor porcentaje de la población ocupada y más rica en sus contenidos, integrará a gran parte de empresas y personas trabajadoras que hoy están fuera de las relaciones laborales colectivas.

Y por último, pensar en futuro supone el ineludible cambio de las formas de representación unitaria ya obsoletas. El centro de trabajo de miles de pymes no puede ser el ámbito de actuación sindical ordinario, pues morirá de inanición. Hay que actuar en ámbitos territoriales superiores (polígono, población, comarca…) y sectoriales, como un nuevo marco en el que esta representación se produzca.

Aunque no sólo hay que pensar. Es imprescindible actuar ya.